No hago nada. Ni voy. Ni vengo. Ni sé qué debo decir, ni qué debo pensar... pensar. Si al menos pudiera llorar, o gritar la rabia que siento. Si pudiera echar de mí estos susurros tuyos, esas caídas de mirada al suelo, si pudiera recoger el agua de tu abandono y tirarla al mar. Si al menos pudiera mirar, o hablar o simplemente escuchar. Pero sólo oigo truenos, estruendos que me atemorizan, me convierten en un bicho indefenso, gusano que se arrastra por el barro de tu huída...
Estoy estancada, entre muro y muro, caminos largos y solitarios me esperan a ambos lados, ¿hacia dónde ir? Ni siquiera sé si debería ponerme en pie y caminar. Temo andar, porque aún siento tus pisadas en mis pasos, el ritmo de tus pies en mis talones, la dirección circular atontada y prisionera de tu tiempo absurdo que en ningún lugar culmina.
Como el agua de un estanque todo empieza a oler mal aquí, aire respirado un millón de veces, encerrado. Un ecosistema se crea en la concavidad de mi ombligo, son tus recuerdos que los llevo alimentando sin placenta desde hace tiempo. Me pueblan todavía tus caricias los pechos, que a veces, erectos, se creen que estás conmigo... en la parte del océano de nuestro lecho donde solías navegar y bucear hasta anclar entre mis piernas. Sólo ha quedado la estela del barco que ya partió.
No sé a dónde ir, si me esperan en algún lugar, olvidé los nombres de esas borrosas caras. Me abruma la espesa niebla que has dejado a mi alrededor, me asusta la imagen de tu figura recortada en el horizonte, como el Osborne aquél, acechándome, vigilándome, viéndome cómo me pierdo en el devenir de mis días que ya se acaban. Soy resistente a tu mirada, pero mi corazón no. Puedo sentirte en mí, todavía controlando mis latidos, mis sentidos, mis suspiros.
Dando vueltas a un café, sentada en el extremo del sofá observo la soledad de mi casa. Yo sólo necesitaba que quisieras quererme... pero fría como mi café se ha quedado tu inocente promesa.
¿Y ahora qué?
Voy a quedarme quieta, en este socavón donde me dejaste. No voy a intentar salir, ni respirar, no voy a pedir aire ni agua, me quedaré estática sintiendo plano el encefalograma de mi vida. No sé si me lo merezco pero me voy a quedar aquí. Expectante del tiempo, a ver pasar las estaciones, observaré la órbita de Venus creciente, inventaré una esfera transparente que me resguarde del viento, dejaré que mi mente enloquezca y luego... luego si he de morir, moriré pero si he de vivir, viviré.
Porque no puede ser sana la forma que he tenido de amarte... no puede ser sana la forma en que me estás obligando a olvidarte. No puedo soportarlo y me vuelvo In-Sanna.
Estoy estancada, entre muro y muro, caminos largos y solitarios me esperan a ambos lados, ¿hacia dónde ir? Ni siquiera sé si debería ponerme en pie y caminar. Temo andar, porque aún siento tus pisadas en mis pasos, el ritmo de tus pies en mis talones, la dirección circular atontada y prisionera de tu tiempo absurdo que en ningún lugar culmina.
Como el agua de un estanque todo empieza a oler mal aquí, aire respirado un millón de veces, encerrado. Un ecosistema se crea en la concavidad de mi ombligo, son tus recuerdos que los llevo alimentando sin placenta desde hace tiempo. Me pueblan todavía tus caricias los pechos, que a veces, erectos, se creen que estás conmigo... en la parte del océano de nuestro lecho donde solías navegar y bucear hasta anclar entre mis piernas. Sólo ha quedado la estela del barco que ya partió.
No sé a dónde ir, si me esperan en algún lugar, olvidé los nombres de esas borrosas caras. Me abruma la espesa niebla que has dejado a mi alrededor, me asusta la imagen de tu figura recortada en el horizonte, como el Osborne aquél, acechándome, vigilándome, viéndome cómo me pierdo en el devenir de mis días que ya se acaban. Soy resistente a tu mirada, pero mi corazón no. Puedo sentirte en mí, todavía controlando mis latidos, mis sentidos, mis suspiros.
Dando vueltas a un café, sentada en el extremo del sofá observo la soledad de mi casa. Yo sólo necesitaba que quisieras quererme... pero fría como mi café se ha quedado tu inocente promesa.
¿Y ahora qué?
Voy a quedarme quieta, en este socavón donde me dejaste. No voy a intentar salir, ni respirar, no voy a pedir aire ni agua, me quedaré estática sintiendo plano el encefalograma de mi vida. No sé si me lo merezco pero me voy a quedar aquí. Expectante del tiempo, a ver pasar las estaciones, observaré la órbita de Venus creciente, inventaré una esfera transparente que me resguarde del viento, dejaré que mi mente enloquezca y luego... luego si he de morir, moriré pero si he de vivir, viviré.
Porque no puede ser sana la forma que he tenido de amarte... no puede ser sana la forma en que me estás obligando a olvidarte. No puedo soportarlo y me vuelvo In-Sanna.
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